viernes, 7 de septiembre de 2018

Fue fugaz, breve, efímera,
como una rosa
Aunque no me dio casi tiempo a verla,
 y mucho menos a olerla,
en cada momento
siempre recordamos
lo que es la esencia de una rosa.

jueves, 30 de agosto de 2018

Viernes

A medida que hablo me alejo más del tiempo, de su relativa sobriedad, me dejo vencer por el conformismo. Aunque tengo claro que de este fruto de la inercia, ya no seré yo. Esto que veo en el espejo, más viejo, menos dañino. Aunque tenga claro que no me encontrarás, la verdad, es que duele menos. Y hay otras formas, luces, risas y escaleras, pero no son para mí. No lo veo tan claro. Al menos eso creo. La gente ordena sus palabras y satisfacen todo cuanto place a sus cuerpos. La ven detrás a la muchacha, a través de una máquina que funciona con dolor y pájaros que caen. Con su nuevo vestidito azul. Cuando la miras. Esta fe, esta incierta mística literatura que aleja más de Dios a la pluma cae un poco más, , muerde un poco más el polvo en la noche. Pierde más a la razón. Aunque puede que realmente tampoco importe. Sólo la cerveza es más popular que la sangre. Hay una curva en cada cosa buena de esta vida. El sexo y sus manantiales cristalinos, la sensación de alivio, de tenerlo todo hecho al despertar. Me faltaba justo lo que buscaba, pero me he dejado llevar. En este viento, que me adormece y me acompaña, mientras el coche me lleva y me hace soñar. Y recordar de camino a casa, todo lo prestado.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Los cumpleaños son para las estrellas


< Cuando vas a un cuarto de baño ajeno a orinar y hay una ventana es inevitable mirar a través de ella. Es un acto reflejo, casi como sacudirtela cuando terminas. Lo haces y no sabes porque. Es como en algo pasa con Mary, meas y bajo tu punto de vista todo es inocente, y sin embargo, desde el otro lado eres considerado de lo peor. Una tarde, una buena tarde de ir varias veces al cuarto de baño, de observar los geranios del piso de abajo. De aguantar a una perra cuyos dueños le hablan como aun  macho,que  anuncie a bombo y platino cada vez que entras y sales, cada vez que levantes la voz. Nunca dejan de juzgarnos, ni tan siquiera cuando no tenemos nada que perder. Collages  de revista adolescente en la puerta del frigo. El tiempo corre, y el vodka aromatizado polaco arrastra vientos de cambio, nuevos proyectos, y esa nube suave y liviana que me mece lenta y dulcemente. Las orillas que imaginamos nos llevan a una juventud, una trastienda de reuniones selectas en la que todo parecía mejor. El mundo suyo, nuestro, y las letras flotando, coordinándose, encajándose. Como se puede, se vive. Y como se puede, se ríe. Las huellas de las garras sobre el cuerpo, que el momento, los minutos junto a la buena gente, que la ilusión se las borre. Y me acuerdo que yo he venido aquí a dos cumpleaños, a estrechar dos manos.  Y un abrazo. A no pensar, a desflorar el vacío, a desojar las incertidumbre de la enfermedad. A enterrar a la biología  y su destrucción en un foso escondido, ocultarla de nosotros, engañar al tiempo presumiendo de que aún somos jóvenes. ¿Que fuimos en el pasado? Sin posibilidad de volver, nos dimos a las buenas conversaciones, los licores y la compañía. La luz siempre abre la posibilidad de hacer desaparecer el hechizo. Hemos hecho, hemos querido, y ni la emoción, ni el ruido, ni el esqueleto aguantan la inseguridad y el peso del vacío, ese que te queda, que te dejan,  cuando todos se van, y te quedas solo.
Es injusto.
 Y Recorremos de vuelta,  las  calles de esta ciudad desierta, y sondeadora, que desafía a quien la quiera mirar de frente en su período de calurosa rabia femenina. Porque sí, aunque me miren mal, aunque me ensarten, esta ciudad es femenina y ama y odia por igual. Y a mí, en casi todos mis momentos me habita. Y yo la dormito.
Creo que después de todo, ha sido una buena tarde, dos cumpleaños para tres cumpleañeros. Copas, brindis y abrazos.
El futuro no importa.
Los buenos momentos, por los malos momentos.

martes, 10 de julio de 2018

Ojalá el dolor explotase como las flores, se sintiera como las flores, en su lenta agonía,  en su efimero resplandor de liberación y en mil pedazos acariciase al final, como una superación de un mal recuerdo, y  sólo quedasen retazos de color y aroma a primavera. Resueltos despojos de redención adornando con dulzura el lecho de la batalla. No existe nada más injusto que el dolor.  La soledad, dices de la soledad, hablas de la soledad, lo primero que escribiste fue sobre la soledad,  pero es mentira. La soledad sólo duele de verdad a los viejos y a los desamparados. El resto es un capricho burgués de refinada melancolía. El dolor propio, el que duele de verdad, nos asoma un poco más a ese abismo del que venimos, al cual vamos. No podemos pensar en Dios cuando hablamos del dolor propio. ¿donde se encuentra  cuando este aprieta de verdad?  El otro, el dolor de los demás, es pura especulación de nuestra capacidad de empatizar. Depende de lo que seamos capaces de amar, y de ese sentimiento  hacía otros. De nuestro autoinducido dolor, nacerán las lagrimas por alguien distinto a nosotros. Las derramarás, sentirás las células, los dientes y las trampas del tiempo. Lo que esperas, la verdad, las manos deseando aferrarse a algo, a alguien, son lo opuesto al hueco de la sombra. No hay nada en nuestra carne que nos acerque más a lo divino que lo que amamos, lo que sentimos de verdad, aunque no nos guste, aunque esto mismo no nos quiera. Aunque nos destruya esa suerte de espíritu extraño que nos ahonda y se aferra a los diminutos hoyuelos de nuestra piel con sus inacabables filos.Aunque sintamos que hayamos perdido la inocencia, que viajamos en un tranvía con trocitos de nosotros mezclados con los que nos han dado otros,  aunque nos guste hablar con las camareras, y nos creamos sentir un poco especiales. Y que elevemos a credo el poder de su mentira. De la buena mentira, de esa que ahora a ti te hace querer tener cerca a esa persona que te llena el espíritu y la carne, y te hace creer que hay para ti un hueco reservado en la eternidad.


sábado, 30 de junio de 2018


Viéndote en las huellas que dejaste en la arena perdida me siento atrapado en una extraña espera, de esas de estancia vacía. Unos segundos antes, muchos años antes, yo era. Yo fui. La ventana abierta, y la conciencia sedada. Tan callado y neutral que de mí, a pesar de la suplantación natural laboral diaria, no sobrevive más que lo que se pierde. Lo que me falta, lo que se difumina. La foto y la mano convergen en el mismo punto. Todo en el mismo lugar. Perdido, sin luz, en el imperio de las sombras, y sin tregua hasta el ansia del amanecer.  El éxtasis. La sangre y los recuerdos que cabrones e inmensos se amontonan. Se disipan se vuelven hijoputas y se revuelcan en su propia desidia y caída libre. La misma mierda. El silencio inunda el cubículo, y hoy creo que te pierdo. Definitivamente. Y aunque no te vea, como siempre no ando lejos de ti. En sueños, en interminables conversaciones esperando trenes de paso, con su rapidez. Ante el espejo. Con su lenta agonía. Para que no me veas, para que no me sientas. Aunque de pronto son años. Detenida. Como diría Silvio Rodriguez. Del tiempo, de lo prohibido, Corriendo hacia el delirio se ha encendido la llama perdida en los suburbios. Y la rosa, en su explotar lenta, exuberante, anclada, y pestilente, en la miseria del recuerdo. Rojo sediento perdido en la noche. De lo que queda, no hay nada más noble que una foto. Como en un laberinto, procuras ser fiel a tus principios, aunque se te rompa algo por dentro ante la incertidumbre de la repitición. Sin rumbo en la madrugada, somos helio insuflado en un globo, que por mucho que suba, ya sabemos como acabará. El peso de las horas no engaña. Postureo,  y tomando el fresco en una terraza, aguardando el moento.  Escribiendo, en la certeza del fracaso, en su convivencia. Me consuelo en la desconsolada y extraña recreación de la belleza. En su particular visión, y  en saber, que pese a todo lo que perseguimos, somos libres, más que nunca,  cuando no tenemos nada.