jueves, 11 de agosto de 2016

Despiertan las noches agarradas a los muros de piedra, con su humedad, con su certera soledad, con su aire frío de gente recorriendo las grandes avenidas. Con su tañido de crujiente modernidad que abruma los pasos cansados del extranjero. En un cuerpo diferente borrado de nombres, el dinero y el semén emergen fuertemente contra el pasado. Viento y nada en la sospecha, en la iniciativa del rumbo confuso hacía ningún lugar. Te dolían los ojos, se te cerraban, ofendían tus destrezas más sinceras, nos lo dijiste, nos lo repetiste, y te ofrecimos cerveza, como el viaje secreto que envuelve al dolor y lo deja caer contra el suelo, como una lagrima salada. Pensaste que todo era una mierda, y te dejamos hablar hasta cansarte. Quizás en el fondo no te escuchabamos, y decías que te dolían los ojos, que apenas los podías abrir, algo en ti dolía, hurgaba en tus adentros, se asomaba al mundo y se refugiaba en la noche, y tú nos lo decías, pero con otras palabras, te dolían los ojos, y nosotros te ofrecimos whisky.

jueves, 7 de julio de 2016

Siempre será más triste la soledad de los números, porque ellos, a diferencia de las palabras, se los juzga por si mismos, por lo que son, independientemente de su intención. El encuentro, el recuerdo, y la ciudad con su línea rota y extensa como protagonista. El vuelo en un sentido intransigente no deja tiempo para mirar. No queda lugar para reflexionar. Y Quizá si lo hubiera pensado no estaría aquí, el cielo, el hueso y el esqueleto, como una receta, y todo lo subliminal se va por las ramas. Como un paraje oscuro y encantado. De regreso a casa, torpe y decidido me encuentro con la inmensidad del cielo cerrada y acostada. La luna, turbia y desencantada, como una romantica equivocada, se ha posado en mi almohada...

jueves, 30 de junio de 2016

Calculo bien, trazo el movimiento preciso en mi cabeza, y trato que mi carne y mis sonidos me acompañen al unisono. Como buscando un punto preciso de equilibrio para una maquina que me acompaña. Pero me equivoco, y de alguna manera vuelvo a caer. Me levanto, y quizá pienso, triste y suavemente en algo que me guste de verdad, y que a ser posible cueste dinero y no implique  sentimientos. Me olvido de los parámetros y creo en la firmeza de las distancias cautivas.  Como en la mirada femenina e intuitiva de la carta del Tarot. Y miro su cara. Porque ella cree en su propio desamparo y arrastra las espadas por el campo gris oscuro, como arrasando una herida recién descubierta. Su cuerpo es rumor de sudor y noches de agosto. Crece la corona que rodea su cabeza, como una santa, como una abnegada, pero su mirada es serena, y a pesar de la incomodidad todo queda oculto tras la cortina. Y de algún modo siempre será ella. Como yo, lejos. Como la orilla recién descubierta.

jueves, 23 de junio de 2016



El espacio infinito que se oculta  bajos las sabanas húmedas como la geografía más maravillosa, no es más que reflejo de sueños en blanco y negro que tropiezan en los muebles de mi habitación, que atropellan paradas de taxis en la madrugada, que congelan comida que acabará en la basura, pelusas que crecen en una reserva generosa y prodiga en nuevas especies de ácaros amigables. Ahora que las bacterias de mis intestinos están tocadas por la arremetida del apocalipsis antibiótico me siento más ligero y a la vez más torpe que nunca. Decidido y tierno, pero en el fondo temeroso. A veces me pregunto si todo lo que te lubrique por dentro, y apacigue el dolor intimo y personal, aunque te mate lentamente, acaso no es mejor que la vida lenta y pausada en la frustración continua. Los fines de semana son una burbuja maravillosa para maquillar con la efervescencia de los licores la mediocridad del resto de horas consumidas.
El temor es carnívoro, y arrebata al alma con la espina del odio autodefensivo, los verbos esenciales, para unos vivir y amar,  para otros beber y follar.
El día acaba con un húmedo escalofrío, carne llena de prisa que se regocija en en el silencio de la noche, para hacerse desaparecer por unas horas en un laberinto oscuro e inexplicable. Si todo va bien, al final todo empieza y acaba entre unas sabanas.

domingo, 19 de junio de 2016


Hay dos cosas que nunca deberías de olvidar de un viaje. La primera, y la que los puristas definirían como la mejor, siempre son los recuerdos, aunque como bien decían en Desafio Total, podrían ser implantados o artificiales. La segunda serían las botellas que te traigas de recuerdo, licores que al probarlos nuevamente te recuerden la experiencia vivida. De mi viaje a Polonia, aparte de los recuerdos siempre me quedarán los soplicas, los chupitos de vodka aromatizado, que de alguna manera, cuando me encuentro de bajón, me recuerdan que un día estuve allí, y algo disfruté.